viernes, 11 de enero de 2019

El Pai Miguel

¿Por qué le crees a Thelma Fardín? Fue la pregunta que más me hicieron durante los últimos días,  cómo justificaba yo que una nena después de tantos años denunciara un hecho de abuso sexual ¿ Por qué hablaría una piba después de tantos años?¿Qué busca con esto? Y mi respuesta siempre fue la misma, porque ahora puede, porque ahora tiene un grupo de mujeres que la contiene, porque ahora puede hablar y empezar a sanar ese infierno que sufren los y las que fuimos abusadas y que callamos tantos años, por miedo, por vergüenza, por evitar ese dedo acusador que te cuestiona que hiciste vos para provocar eso. El mismo que te dice no ventiles tus problemas a la gente; esa mirada de desaprobación que sentí durante años, por parte de amigos y familiares cuando yo lo conté.
Cuando tenía 14 años, no eran los 14 años de ahora, donde la información que consumimos a través de las redes sociales y de los medios de comunicación hoy nos hace cuestionar si algo esta bien o esta mal, y esto que tuvo afortunadamente el feminismo, fue poder decir basta a tantos años de abuso y silencio.
Recién daba mi primer beso, esos con lengua, que te dejaban toda la boca babeada y creías en el amor, ni podías pensar en que te tocaran una teta, o el cuerpo, porque eso lo hacían " las trolas", aquellas que para mí o para mis amigas, eran  las "rápidas", que avanzaban sexualmente a esa edad. No tenía en claro que era tener sexo, en mi familia no se hablaba de eso, vivía en una casa en donde cuando poníamos una película donde los encuentros se ponían intensos sexualmente hablando, mi vieja decía un BUEENO, y todas nos poníamos incómodas y mirábamos para otro lado y cambiábamos de canal. En casa no se hablaba de caricias ni de sexo, y en la escuela, una católica, muchísimo menos, por lo que lamentablemente mi primera experiencia sexual la tuve de una forma espantosa, con alguien que se aprovechó de mi falta de conocimientos y del lazo familiar que nos unía.
Le decían el Pai Miguel. El tipo llegó a la familia, siendo pareja de mi tía materna, el decía que curaba a las personas a través del reiki, de la imposición de manos, sanando dolores y malestares. Y todos le creímos. Era una persona encantadora, que te escuchaba, te aconsejaba sobre la vida y todos nos alegramos de que Miguel fuera parte de la familia. Poco a poco, el fue ocupando ese lugar vacío que dejó la muerte de mi viejo, y empecé a mirarlo como un padre... nada más alejado de la realidad.
Mi mente tiene una manera de protegerme de recuerdos dolorosos, los bloquea, los borra. y no podré dar precisiones exactas de cuantas veces ni de como empezaron los abusos, que duraron más de un año.
Imposible de contar las veces que este hombre, en el nombre de un tal Saint Germain, con libritos de Conny Méndez de "usted puede sanar su vida" y llamas azules, violetas y doradas me hizo ( nos hizo) creer que nos podía sanar. Un dolor de cabeza, un dolor de espalda, un dolor de ovarios, todo lo llevaba a poner sus manos en mi vagina o en mis pechos. No puedo precisar la cantidad de veces que me encerró en su habitación, mientras mi tía estaba en la cocina y me tocaba, y yo sentía una incomodidad horrible y pedir que se terminara esa tortura que de sanación no tenía nada.
Peor se ponían las cosas cuando estábamos solos, el proceso de reiki, duraba más tiempo, y a mí se me hacía interminable, quería que terminara de una vez de tocarme, pero que podría cuestionar yo, a una persona que decía ser como mi viejo, que decía sanar, ¿Cómo podría dudar yo de un hombre mayor, amigo, familiar? Y por eso calle, una y cien veces. La vergüenza de exponerlo y que mis familiares dudaran de mi palabra, me hacía callar y agachar la cabeza ¿Y si yo estaba confundida? Y si yo estaba loca? ¿Y si realmente era una sanación? Hasta bailé el vals de mis 15 con él y le regalé en la ceremonia de velas una a él, agrandeciéndole por ser el padre que había perdido.
No fue hasta que le pasó a otra persona, que no daré su identidad, que entendí que lo que hacía estaba mal, que eso no se hacía, que tocar a otra persona estaba mal.
Pasé a tener certezas de mis dudas y lo encaré una noche en la que me confesó que sí, que a la otra persona también la había tocado pero " que ella lo había provocado" ( que otra respuesta podría dar) y que a mí también me lo había hecho pero que conmigo era distinto, porque había amor.
¿Amor? Me dieron náuseas, ¿qué amor podría tener yo por un tipo de por entonces 40 años? ¿Qué mente morbosa podía tener un hombre al pensar que una nena de 14 años tendría sentimientos románticos por un tipo de esa edad? A mi me gustaba mi novio, el de la misma edad que yo, el que me babeaba cuando me daba un beso.
Todo lo que pasó después fue un infierno. Mi cabeza quería apagarse, necesitaba poder terminar con tanto dolor, con esa vergüenza, me sentía asqueada, quería decir lo que me pasaba pero moría de miedo de pensar que no me iban a creer.
No sé como llegué a esas pastillas, creo que mi mamá las tenía en una cajita con medicamentos. Ni sé que eran, pero las tomé, una y otra y otra. No quería morirme, quería olvidar lo que había pasado, no quería pensar más. Tenía 15 años y mi vida ya era una mierda. Tan mierda como cuando se murió mi viejo. Tan mierda como cuando tenía siete años y se murió mi mejor amigo Damián y su papá. La vida de chica me enseñaba que era una mierda, que no era un cuento de princesas, que era un asco, que era difícil.
No sé cuantas pastillas tomé, sólo sé que desperté en un hospital, y mi mamá estaba al lado, y había una señora en otra cama que decía "pobre tan chiquita lo que le pasó". Al parecer, en un estado inconsciente le conté a mi vieja todo lo que había pasado, y eso había hecho estallar otra bomba. Mi confesión hizo que otra persona más, también contara que había sido a
busada una vez. Mi corazón se volvió a romper de dolor, había más personas, más chicas como yo. Por suerte fue una vez que le pasó, traté de consolarme, las mías fueron incontables.
No fue hasta hace muy poco, unos 20 años después, que hablando con otra persona, también me contó que el Pai Miguel también la había tocado, pero que en su caso, no se había percatado y no lo había tomado como abuso, porque creyó que el la estaba sanando, y que afortunadamente, ante la incomodidad que sintió, no volvió nunca más. Ella pudo darse cuenta gracias a todas las denuncias de abuso y acoso que se hicieron mediáticas durante las últimas semanas, desde que Thelma pudo hablar. Y por eso le creo a ella.
¿Qué pasó con este abusador? Absolutamente nada. Me lo cruzo casi todos los días, cuando va a buscar a su mujer ( que nunca quiso creernos y aún permanece a su lado) a la casa de mi abuela, otra mujer que hizo de "hacerse la boluda y la desentendida" su juego para no optar por un "bando".
El tipo me mira, como desafiante, o eso creo yo, me mira como buscando encontrarse con mi mirada, pero yo no lo miro, y me da bronca no poder gritarle como nos cagó la vida. Porque les juro, que el abuso deja marcas para toda la vida, al punto de no soportar que un hombre te toque durante años.
Si lo que pasó hace veinte años, hubiese pasado hoy, no habría dudas de que este Pai estaría preso, o al menos denunciado. En ese momento, nadie hablaba de justicia, ni de denuncias, ni de hablar. Todo se escondía debajo de la alfombra. Y mi vieja hizo lo que pudo con lo que pudo. Ni siquiera estoy segura de que si mi viejo estuviese vivo lo habría golpeado.
Contarlo hoy, es un poco soltar esa mochila que llevo hace veinte años, es poder sanar un poquito, es poder cerrar esa herida y si puedo ayudar a alguien a que pueda contarlo también.
Por eso creo que siempre hay que creerle a quienes denuncian, así hayan pasado cinco, veinte, treinta años del hecho, hay que ponerse en el lugar de quien sufre y no cuestionar, y tratar de entender por qué calló tantos años...




miércoles, 20 de septiembre de 2017

Soy una teta

Soy Técnica Superior en Periodismo, Licenciada en Periodismo y Comunicación, especializada en periodismo digital, en periodismo judicial y en periodismo de género. He realizado decenas de cursos en mi vida, fui gimnasta artística hasta el año pasado o al menos eso intenté durante años y he trabajado en tantos medios de comunicación que ya ni los puedo poner en un currículum porque los he olvidado, pero hoy, hoy soy una TETA.
Y no me refiero a una teta como insulto, como cuando uno es malo en algo y dice soy una teta ( nunca entendí esa comparación como si la teta fuera algo malo), sino a una teta, una  mama, una teta, fui ¿reducida? a una teta que es la fuente de alimentación y de vida de mi hijo Juan Martín desde hace doce días. Sólo una mujer que atravesó o atraviesa la maternidad puede dar cuenta de lo que significa que hoy tu vida sea convertirse en la proveedora exclusiva del bienestar de tu hijo.
Una de mis mejores amigas, que fue mamá hace cinco meses me dijo una frase que me quedó guardada y que meses después la entendería a la perfección: "Disfrutá tu panza, porque no sabés lo que te espera, no volvés a ser la misma nunca más". Y yo que tuve un embarazo bastante difícil no quería saber más nada con la panza sino que quería tener a mi hijo en brazos, de hecho no la extraño ni un poquito (a la panza) ,como muchas mujeres me dijeron que ocurriría. Es que no todas pasamos por un embarazo soñado, sin dolores, sin problemas, sino que también y no por eso somos malas madres o males personas, las mujeres también padecemos embarazos con innumerables problemas físicos y emocionales, estos últimos son los que más pesan y estoy convencida que tienen relación con los primeros, hay una conexión entre el dolor físico y la emoción.
Si mi hijo lee esto en algunos años, quiero que sepa que lo amé desde el momento en que acepté que iba a ser mamá, que cuando lo tuve en mi pecho la primera noche luego de tenerlo fue como si la vida me cambiara totalmente. Si existe un Dios, o un universo que da cosas, creo que mi hijo fue sin dudas lo mejor que me dio en la vida y sé que nunca volveré a ser la misma desde el 8 de septiembre de 2017, es el regalo que viene a paliar tanto dolor en el pasado; es la recompensa, es tener la certeza de que tu vida ahora ya nunca va a ser la misma y de que existe una persona que ahora depende de vos, al menos por unos años, de que sea feliz.
Lo difícil para una mina como yo, fue dejar ese individualismo, es entender que ya no hay más recitales de música, ya no hay más (por ahora) una carrera o un curso a seguir, ya no puedo salir corriendo a cubrir una noticia aunque me muerda los dedos por escribir, o por saber, ya no hay libertad para salir con el hombre que quiera, ya no puedo decidir si voy a tomarme una ducha rápida o corta o si puedo salir a caminar o realizar alguna actividad sin pensar en que alguien me espera para ser alimentado y cuidado, o escribir en este blog en distintos momentos del día y no de corrido como otras veces, porque hay que dar la teta o cambiar al bebé.
La maternidad es hermosa, pero duele y duele mucho; te duelen las tetas al punto que querés arrancarte los pezones mientras contenés las lágrimas, te duelen los puntos de la cesárea y los primeros días no te podés levantar de la cama, no comés más cuando querés, sino cuando podés; bañarse pasa a ser uno de los placeres más grandes que una mamá pueda tener ( cuando te dejan), ir al baño sola ya no es una opción. Dormir es algo que quedó tan en el pasado que no recordás cuando fue la última vez que dormiste más de dos horas seguidas.
El otro tema complicado es la opinión de los demás, sobre todo de las otras mamis, que quieren darte consejos todo el tiempo o de compararse sin querer queriendo con vos y te sentís de lo peor. En mis primeros días de puerperio donde no me bajaba la leche y eso me generaba una gran angustia, mi teta pasó a ser la teta del pueblo. Mi teta, la que no mostré jamás adelante de amigas o de mi madre o hermanas pasaba a ser vista por decenas de personas que pujaban para que me saliera leche y hasta me la han agarrado para acomodarsela en la boca de Juan. Mi dignidad está más enterrada que cuando le rogué a un ex que por favor volviera conmigo. Claro que terminé llorando tres horas seguidas diciendo que no iba a poder hacer esto.
Pero se puede, y duele, y llorás pero se puede. Un día como hoy después de darle horas y horas la teta para que se calme, porque le duele la panza, porque se queda con hambre o porque quiere que lo tengas upa todo el día, lo mirás y sonríe lleno de leche y pensás que no podés creer lo que te está pasando, aunque te sientas malhumorada, agotada y sobrepasada.



domingo, 23 de abril de 2017

Sobre abandonos

Tenía 9 años cuando mi papá murió. Aún tengo algunas imágenes en mi memoria y algunos dolores que uno recuerda haber sentido. Soy de comparar dolores, para conocer cuánto duelen, cuan importantes son para mí. El de mi papá fue uno de los más dolorosos que viví en mi vida, aunque no el más grande, y creo que esto se debió a que era chica, y cuando uno es chico no procesa las cosas de la misma forma.
Me enojé con Dios, por habérselo llevado, porque siempre fue lo más simple para mí, culpar a Dios, un ente que aún tengo mis dudas de que exista y que defina quien tiene que vivir y quién no. Prefiero ser atea o agnóstica a pensar que hay un ser “supremo” lo bastante hijo de puta para llevarse a las personas que uno quiere. Y no me vengan con que se van a un lugar mejor, o que Dios se lleva a las mejores personas para que estén mejor, porque es algo tan poco chequeable. ¿Quién estuvo en el “cielo” para decir que Dios nos elije por ser los mejores, o que vamos a una mejor vida? Además mi viejo no era la mejor persona en este mundo, ni siquiera en mi familia, era un padre amoroso pero un pésimo esposo, y no diré más nada por respeto a él que no puede defenderse y por respeto a los que hemos quedado vivos también.
También me enojé con él, pero eso fue después, cuando comencé a atravesar situaciones muy difíciles en mi vida y el no estaba a mi lado, de las cuales estoy segura que hubiese intervenido de otra forma. Soy de las que piensa que con la fuerza no se consigue nada, pero me contradigo al afirmar que hay momentos en que una buena piña arregla cosas que las palabras no pueden, y por favor no me malinterpreten porque cuando hablo de piñas, hablo de una fuera entre iguales, Un mano a mano entre hombres, jamás entre mujer-hombre o entre hombre-mujer-niño.
El tema de los abandonos  sean consientes o no dejan marcas inviolables e imborrables en los que las padecemos. No soy analista, y el mío podría llegar a enojarse si afirmo que hay abandonos repetitivos en nuestras vidas, y que uno repite abandonos que sólo cambian de cara y de nombre.
Los abandonos más difíciles son aquellos que no te los esperás, los que llegan como un baldazo de agua fría en el mes de julio, o como una factura de gas después de haber pasado el invierno.
Viví abandonos de parejas que dolieron más que la de mi padre, y lo peor era mirarme como si estuviera en una película muy mala pero muy mala, en la cual no se puede avanzar sino que por algún defecto, se repite una y otra vez la misma escena, uno desgarrándose de dolor en el baño, llorando y autocompadeciéndose por lo que dijo, por lo que no dijo, por lo que hubiera sido si hubiese hecho otra cosa distinta a la que finalmente resultó, en esta suerte de autolesión y falta de amor propio que una tiene y que aunque el otro haya sido una mala persona, siempre la culpable soy yo, porque así lo sentí siempre.
¿Y qué se yo que es el amor propio? Si ni sé si alguna vez lo tuve ¿Acaso existe algún termómetro que mida el amor que siente uno por uno? Me parece una estúpidez, (mi psicólogo se enojaría de nuevo ante esta frase) pero que alguien me diga entonces, en base a qué se construye una autoestima.
-En la niñez-, leí por ahí cuando indagué en ciertos “artículos de pseudociencia-periodísticos” sobre el amor propio tratando de encontrar alguna respuesta a esa pregunta que me hago todo el tiempo.
En otro momento, hablaré de mi niñez y de las cosas que me hicieron muy feliz y las cosas que me hicieron más miserable, pero ahora no tengo ganas, no quiero abrir una caja de Pandora, no creo estar dispuesta a escarbar en una memoria que está protegida por una traba mental “autoimpuesta”, es decir que mi mente las bloqueó a propósito para no recordarlas por ahora.
Pienso en el hoy, en lo que me duele en este momento en el que me puse a escribir, atorada por sensaciones de angustia por el abandono de hoy, que quizás tenga que ver con el que sentí hace veinticinco años cuando murió mi viejo, que es el padre del bebé que estoy esperando.
Y no, no estoy enamorada de él, mis sentimientos por él lejos estuvieron alguna vez del que uno puede considerar amor verdadero, no sé si porque faltó más tiempo para conocernos, o porque en el que lo conocí alcanzó para saber que no teníamos absolutamente nada que ver y que ni siquiera las mínimas coincidencias alcanzaban para que sea un gran amor, porque yo, que comparo todo, como el dolor, también comparo mis tipos de amor, y tengo una escala o un ranking de hombres a los que amé mucho a los que no amé nada y a otros que han pasado sin pena ni gloria y que ya ni los recuerdo.
Y acá culpo a Dios otra vez, o al  destino que fue bien puto, o al karma que hizo que quedara embarazada, cuando los que dicen que saben -que son los médicos- me dijeron que no podía embarazarme. Pero ahí estaba, gestándose, en el peor momento no sólo de la historia, sino de mi historia y con el peor hombre que podría haber elegido, bah, hubo peores, debería ser sincera.
¿Por qué las mujeres justificamos las decisiones de los hombres?  No quiso hacerse cargo, no quiere hacerse cargo, pero preferimos pensar que el hombre necesita su tiempo para digerir la noticia, para aceptar que va a ser padre, para comunicárselo a su familia, como si nosotras tuviésemos absolutamente todo resuelto y encima ser las mujeres más compasivas del mundo para entender al pobre tipo que no siente absolutamente ningún tipo de empatía por un hijo.
Sin embargo ahí vamos, como opas, pensando en que hay que tratar de hacer lo mejor posible por el bien del bebé, entonces seguimos justificando, no poniéndonos firmes y mandarlos adónde realmente se tienen que ir, por si algún día vuelven. Porque esta película ya la viví, pero como espectadora, con mujeres que son parte de mi vida, cuyas parejas han decidido no querer ser el padre presente y menos económicamente o afectivamente hasta que el hijo o hija tiene un par de años  y un día golpean la puerta de la casa de la madre con la mejor cara de circunstancia, para no decir pelotudo, y ahí están, diciendo que quieren conocer a su hijo; y la madre, que lloró durante nueve meses el abandono, que casi muere de dolor por estar sola durante el parto, los primeros meses, los primeros años de tomar decisiones en completa soledad y de comenzar a formar a la persona que más ama uno, aparece esa figura que nunca estuvo pero que ahora quiere formar parte, que es el padre claro.

Esta historia ya la viví como espectadora, y no quiero ser parte de ella ahora, pero lo soy, y duele; en esa escala de dolores que tengo, es casi un diez.

lunes, 6 de marzo de 2017

Piñas al viento

Esta mañana soñé despierta, era un ring de boxeo, con cuadrilátero y todas las cosas que se ven en una pelea de boxeo que no sé nombrarlas porque es un deporte que me aburre demasiado, pero recuerdo que yo estaba en una punta, con un top, calzas, zapatillas y guantes de boxeo, lista para pelear, aunque no tuviera idea de cómo se hacía. Del otro lado, mi contrincante, también listo para pelear, a él lo conocía muy bien, era la persona que me atormentaba desde hace días y estaba ahí listo para pelear conmigo.
¿Por qué íbamos a terminar a las trompadas? ¿ No había un camino menos agresivo o diplomático? No, no lo había, las palabras que nos habíamos dicho eran mucho mas dolorosas que en golpe en la boca o en el medio del estómago. A menos que claro, estuviera embarazada, y esos golpes significaban el sufrimiento de mi bebé. 
¿Cómo llegamos a agarrarnos a las trompadas, después de haber sido tan afectuosos el uno con el otro? Qué es ese punto de hastío dónde él quiere pegarme y yo quiero pegarle, si en primer lugar soy mujer y tengo una fuerza mínima, al lado de cualquier hombre adulto y en segundo lugar, estoy en contra de cualquier tipo de violencia. ¿Estaba siendo hipócrita conmigo? 
Lo miré, no quería pegarle, tenía esos ojos oscuros pícaros, que dicen cosas aunque no pronunciara palabra, ese hoyuelo en la barbilla que miraba durante horas, en especial cuando dormía; pero estaba serio, si me hubiese sonreído hubiese caído antes de la primera piña, porque era mi punto débil.
Sonó algo que supuse era una campana y me puse en guardia, a un costado había otra persona que me hablaba y me decía, "te dije que iba a pasar esto, te lo advertí", lo miré por unos segundos y me desconcentré. ¡Pero cómo iba a saber yo que alguien podía cambiar en unos días! Por qué tenía que estar siempre a la defensiva, desconfiando de los demás. Sí, ya me habían desilusionado más veces que los años que tengo, pero sin embargo seguía confiando y esta vez no iba a ser la excepción. Más aún cuando se había desarmado en halagos, elogios y palabras lindas ¿Cómo no iba a creerle?
Y ahí recibí mi primera trompada, la física, porque la desilusión es una piña muy fuerte que la sentís en el pecho y ya la había recibido unos días antes. 
Dolió, en la cara y en el alma, y me tumbó al suelo. No estaba preparada para pelear, estaba desarmada de antes, sin embargo me seguía pegando en el suelo, ya no trompadas, sino patadas.
Temí por mi bebé, nadie nos vino a separar, me sentía muy dolorida y no tenía fuerzas para pararme. 
Hasta que mamá, siempre mamá, me despierta, me dice que tenía que volver al trabajo, después de haber pasado a verme. Se fue y lloré, lloré porque me dolía el vientre, como si las patadas hubiesen sido reales, o quizás si lo habían sido y el sueño fue una prolongación de lo que había vivido, un recuerdo maldito donde las peores miserias fueron expuestas.¿Dónde terminaba el sueño y seguía la vida real?  ¿Estaba despierta o la vida era la continuación de esa pesadilla?.
Me abracé, y quedé varios minutos en posición fetal. Creo que pude dormir, pero con la resistencia de volver a encontrar en los sueños, lo que me desvelaba despierta.

martes, 2 de febrero de 2016

Sobria

Dos meses estando sobria, como cuando uno es alcohólico, y hace un tratamiento para dejar de beber en Alcohólicos Anónimos, cuando tiene que hacer una lista de cosas para dejar de tomar y va contando los días en los que no bebe. Dos meses en los que traté de salir adelante, tomar estrategias para no sufrir, para no recordar, para no pensar. Me fui a la playa, respiré, leí un libro, me contacté con la naturaleza, para no recordar todo lo que había sufrido el año pasado; para no recordar ese pasado oscuro en el que toqué fondo.
Volvieron los dolores de estómago, las náuseas, volví a fumar, volví a llorar y a tratar mal a los que quiero, volví a fallar a una reunión, y me quedé toda la tarde acostada angustiada; como en mis peores momentos.
Bastaron tres días para que me rompieras la cabeza y me recordaras los peores infiernos, en una catarata de insultos, de planteos, de resentimientos. Volví a perder la calma que había construido en dos meses por tres días de reproches.
Quería saber de vos, creía que estaba fuerte para saber cómo estabas, si la vida te había cambiado, si estabas siendo feliz. La idea era acercarme, poder ser tu amiga, no quería perderte otra vez.
Mi estrategia era hablarte, saber de vos, ver si habías encontrado la paz, y quedarme, quedarme un rato, el tiempo que la vida o que vos me permitieras; pero no fue posible. Otra vez el llanto, la amargura, los reproches y todo lo que nos separó volvieron en la primera conversación. No habías superado nada, claro yo tampoco, pero me sentía más preparada para afrontar esto.
Las personas cambian, lo que antes pensaban pueden cambiarlo, porque de eso se trata la vida, de cambiar, de evolucionar. Quiero ser amada, quiero mejorar, quiero cuidar a mi pareja, quiero algún día tener un hijo, que antes no lo quería, pero con vos. Lo quería con vos.
No podemos estar un día sin pelearnos, sin maltratarnos, el paso del tiempo no nos hizo evolucionar, sino que nos hizo pararnos en el mismo punto en que lo dejamos.
Ahora tengo que pensar en reconstruir los pedazos rotos nuevamente, en curar esa herida que volvió a supurar porque no estaba mal curada. En otra vez levantarme, en no caerme en una depresión, en no volver a tomar más una puta pastilla que me haga olvidar.
Somos sombras de lo que fuimos, nuestras peores versiones, insultándonos y diciéndonos las peores cosas, cuando en realidad deberíamos amarnos, construir un futuro para los dos, evolucionar, dejarnos llevar por ese viento al que le escribiste poemas, pero sé que en el fondo, alguna vez los escribiste pensando en mi.

No se pueden armar los pedazos rotos porque están demasiado astillados, y mi futuro tal como lo pensaba hoy es una utopía. 

miércoles, 13 de enero de 2016

Momentos

Escucho a Jeff Buckley, Bowie, ahora Nick Drake por recomendación de un colega que sabe bastante de música. Me siento inspirada a decir palabras que aún no decodifiqué, pensamientos sueltos que surgen cuando uno está desvelado, y en una especie de trance por la música. Cualquier experiencia traumática puede sanarse a través de la música, cualquier mal día, un laburo que no salió bien, el sueldo que no llegó, el encuentro que no fue.
Los encuentros que no son forman parte de nuestras vidas, las palabras que se dicen, que quedan en la mente y no salen, todo nos define, y define la suerte de lo que puede o no pasar después.
Aprendí que las cosas hay que decirlas en su momento, porque después no habrá otro, que un beso que no se dio en el instante adecuado no vuelve, que lo que no se dijo por miedo, vergüenza o remordimiento, no puede volver a decirse, porque ya no tiene la magia de hacerlo en el momento adecuado.
En esta telaraña de desentendidos, el que pierde es uno, o ambos, dependiendo la circunstancia y el otro. Si yo quería un aumento de sueldo, y no lo pedí en ese momento, pierdo yo porque difícilmente encuentre otro momento justo. Si estamos en una situación donde dos personas que se atraen no dicen lo que realmente les pasa, no son claros, se pierde la esencia.
Paulo Coelho, autor odiado por muchos, yo particularmente lo banco, decía que Todos los días Dios nos da un momento en que es posible cambiar todo lo que nos hace infelices. El instante mágico es el momento en que un sí o un no pueden cambiar nuestra existencia". Eso lo dijo en uno de los libros que más me gustó de él, llamado A orillas del Río Piedra me senté y lloré. Había otra frase que en ese momento subrayé que decía así:
"Todos los dí­as intentamos fingir que no vemos este momento, que no existe, que hoy es igual que ayer y mañana será igual que hoy. Pero el que presta atención descubre el instante mágico. Puede esconderse en el momento de meter la llave en la cerradura, ya por la mañana, o en el silencio que sigue a la cena, o en cualquiera de las mil y una cosas que nos parecen repetidas. Ese momento existe – un momento en el que toda la fuerza de las estrellas nos atraviesa y nos permite hacer milagros.
Aunque atraviese una etapa bastante atea de mi vida bastante atea, le reconozco al autor que tiene razón, no sé si Dios, o uno mismo tiene ese poder para encontrar esa respuesta que estuvimos buscando todo el día. La posibilidad de cambiar algo que no nos gustó, la oportunidad de abrazar a mi vieja y decirle que la querés, o de decirle a la persona que si sentís algo por él o ella, que se quede, que comparta una charla, un café, una cerveza.
Ocurre que somos bastante retorcidos para notar estos momentos, y creemos ir por la vida no necesitando de nadie, siendo autosuficientes, sin darnos cuenta cuantos momentos perdemos por pensar tanto las cosas.
Me gusta correr riesgos; desde ahora, o desde hace un tiempo quizás, en que me dí cuenta que es mentira que mujer precavida vale por dos, y me tiro a la pileta de lo que siento. Prefiero romperme la cabeza a que tenerla sin despeinar.

martes, 12 de enero de 2016

Historias




Maldito Estanislao Bachrach. Maldito. Maldito ¿Por qué tiene que venir alguien a decirme que lo que hacía hasta ahora no me hacía feliz?¿Por qué ahora tengo esta sensación de incertidumbre y estas ganas de hacer cosas que antes no hice?.
Un libro que cuenta una buena historia es increíble, pero si te deja un mensaje. es doblemente valioso. El tipo que es Dr en Biología Molecular de la UBA ente otras cosas, te plantea dudas en un libro, sobre la necesidad de salir de la zona de confort y de cambiar. Una palabra que oímos y repetimos pero en la mayoría de las veces cuando se lo reclamamos al otro,. CAMBIA porque así no estoy más con vos, CAMBIÁ, porque sino me voy. CAMBIÁ sino esto no sigue así.
El problema de conocerse mejor a uno mismo, es que descubre cosas que lo inquietan, que lo incomodan, que sabe que están ahí y que por distintos motivos prefirió quedarse en un estado cómodo, para no sufrir, para no mejorar, para no arriesgarse.
Me gusta contar historias. Soy una escritora frustrada, que se convirtió en periodista porque ama el relato. Recuerdo que cuando puse eso en una entrevista laboral, fue el enganche para obtener un puesto importante en una editorial de Buenos Aires; lo que no sabía era que lo que menos iba a hacer era contar historias.
No sé cuando todo comenzó a mecanizarse, cuando fue el momento exacto en que todo resultó ser una rutina. Observar un hecho, redactarlo. Buscar hacerlo rápido, porque todo tiene que hacerse rápido en el periodismo de hoy. Título, bajada, cuerpo de la noticia, foto; y a otro tema.
Y ahí comenzó mi infelicidad, o parte de ella. Mi trabajo no me hace feliz; dejé de estar tanto tiempo en la calle, para encerrarme en un escritorio y escribir de todo, de política, de fútbol. de perros, del clima, de cualquier cosa que la agenda lo marque.
"Solemos enfermarnos más seguido como consecuencia del estilo de vida que nosotros mismos elegimos y no por causas externas o  genéticas", dice el autor, en un pasaje del libro que remarco, porque amo remarcar libros y pensar qué cosas quiere decir.
El año pasado me enfermé cientos de veces, por no aceptar que no era feliz. No era feliz con mi pareja, no era feliz conmigo, no era feliz con nada, y mucho menos con mi trabajo. Pasaba horas escribiendo artículos periodísticos y renegando porque era lo único que hacía en mi día. Vivía para trabajar; siendo exigente, demasiado obsesiva.
Pero había días en los cuales no me podía levantar, no podía ir a trabajar a la radio, no podía pensar en poder interactuar, porque eso me provocaba una angustia tan grande que me repercutía en el cuerpo. Era como un mecanismo de respuesta, o de antelación. Un día mis muelas me hacían retorcer de dolor, otro mis ovarios me tiraban a la cama, en otro mi cabeza soportaba las peores migrañas, o hasta me descomponía minutos antes de salir. Nadie lo entiende, todos lo critican. Sólo el que pasó por la depresión puede comprender lo que siente una persona que queda atrapada en sus pensamientos.. en su infelicidad.
Mirarlo desde otro ángulo, desde otra perspectiva, me hace pensar en que todo puede revertirse; menos la muerte. Todo puede cambiarse, entrenando la mente y aprendiendo constantemente.
Quiero volver a contar historias, de hecho esta es una de ellas... me siento más feliz.