Soy Técnica Superior en Periodismo, Licenciada en Periodismo y Comunicación, especializada en periodismo digital, en periodismo judicial y en periodismo de género. He realizado decenas de cursos en mi vida, fui gimnasta artística hasta el año pasado o al menos eso intenté durante años y he trabajado en tantos medios de comunicación que ya ni los puedo poner en un currículum porque los he olvidado, pero hoy, hoy soy una TETA.
Y no me refiero a una teta como insulto, como cuando uno es malo en algo y dice soy una teta ( nunca entendí esa comparación como si la teta fuera algo malo), sino a una teta, una mama, una teta, fui ¿reducida? a una teta que es la fuente de alimentación y de vida de mi hijo Juan Martín desde hace doce días. Sólo una mujer que atravesó o atraviesa la maternidad puede dar cuenta de lo que significa que hoy tu vida sea convertirse en la proveedora exclusiva del bienestar de tu hijo.
Una de mis mejores amigas, que fue mamá hace cinco meses me dijo una frase que me quedó guardada y que meses después la entendería a la perfección: "Disfrutá tu panza, porque no sabés lo que te espera, no volvés a ser la misma nunca más". Y yo que tuve un embarazo bastante difícil no quería saber más nada con la panza sino que quería tener a mi hijo en brazos, de hecho no la extraño ni un poquito (a la panza) ,como muchas mujeres me dijeron que ocurriría. Es que no todas pasamos por un embarazo soñado, sin dolores, sin problemas, sino que también y no por eso somos malas madres o males personas, las mujeres también padecemos embarazos con innumerables problemas físicos y emocionales, estos últimos son los que más pesan y estoy convencida que tienen relación con los primeros, hay una conexión entre el dolor físico y la emoción.
Si mi hijo lee esto en algunos años, quiero que sepa que lo amé desde el momento en que acepté que iba a ser mamá, que cuando lo tuve en mi pecho la primera noche luego de tenerlo fue como si la vida me cambiara totalmente. Si existe un Dios, o un universo que da cosas, creo que mi hijo fue sin dudas lo mejor que me dio en la vida y sé que nunca volveré a ser la misma desde el 8 de septiembre de 2017, es el regalo que viene a paliar tanto dolor en el pasado; es la recompensa, es tener la certeza de que tu vida ahora ya nunca va a ser la misma y de que existe una persona que ahora depende de vos, al menos por unos años, de que sea feliz.
Lo difícil para una mina como yo, fue dejar ese individualismo, es entender que ya no hay más recitales de música, ya no hay más (por ahora) una carrera o un curso a seguir, ya no puedo salir corriendo a cubrir una noticia aunque me muerda los dedos por escribir, o por saber, ya no hay libertad para salir con el hombre que quiera, ya no puedo decidir si voy a tomarme una ducha rápida o corta o si puedo salir a caminar o realizar alguna actividad sin pensar en que alguien me espera para ser alimentado y cuidado, o escribir en este blog en distintos momentos del día y no de corrido como otras veces, porque hay que dar la teta o cambiar al bebé.
La maternidad es hermosa, pero duele y duele mucho; te duelen las tetas al punto que querés arrancarte los pezones mientras contenés las lágrimas, te duelen los puntos de la cesárea y los primeros días no te podés levantar de la cama, no comés más cuando querés, sino cuando podés; bañarse pasa a ser uno de los placeres más grandes que una mamá pueda tener ( cuando te dejan), ir al baño sola ya no es una opción. Dormir es algo que quedó tan en el pasado que no recordás cuando fue la última vez que dormiste más de dos horas seguidas.
El otro tema complicado es la opinión de los demás, sobre todo de las otras mamis, que quieren darte consejos todo el tiempo o de compararse sin querer queriendo con vos y te sentís de lo peor. En mis primeros días de puerperio donde no me bajaba la leche y eso me generaba una gran angustia, mi teta pasó a ser la teta del pueblo. Mi teta, la que no mostré jamás adelante de amigas o de mi madre o hermanas pasaba a ser vista por decenas de personas que pujaban para que me saliera leche y hasta me la han agarrado para acomodarsela en la boca de Juan. Mi dignidad está más enterrada que cuando le rogué a un ex que por favor volviera conmigo. Claro que terminé llorando tres horas seguidas diciendo que no iba a poder hacer esto.
Pero se puede, y duele, y llorás pero se puede. Un día como hoy después de darle horas y horas la teta para que se calme, porque le duele la panza, porque se queda con hambre o porque quiere que lo tengas upa todo el día, lo mirás y sonríe lleno de leche y pensás que no podés creer lo que te está pasando, aunque te sientas malhumorada, agotada y sobrepasada.
miércoles, 20 de septiembre de 2017
domingo, 23 de abril de 2017
Sobre abandonos
Tenía 9 años cuando mi papá murió. Aún tengo algunas
imágenes en mi memoria y algunos dolores que uno recuerda haber sentido. Soy de
comparar dolores, para conocer cuánto duelen, cuan importantes son para mí. El
de mi papá fue uno de los más dolorosos que viví en mi vida, aunque no el más
grande, y creo que esto se debió a que era chica, y cuando uno es chico no
procesa las cosas de la misma forma.
Me enojé con Dios, por habérselo llevado, porque siempre fue
lo más simple para mí, culpar a Dios, un ente que aún tengo mis dudas de que
exista y que defina quien tiene que vivir y quién no. Prefiero ser atea o
agnóstica a pensar que hay un ser “supremo” lo bastante hijo de puta para
llevarse a las personas que uno quiere. Y no me vengan con que se van a un
lugar mejor, o que Dios se lleva a las mejores personas para que estén mejor,
porque es algo tan poco chequeable. ¿Quién estuvo en el “cielo” para decir que
Dios nos elije por ser los mejores, o que vamos a una mejor vida? Además mi
viejo no era la mejor persona en este mundo, ni siquiera en mi familia, era un
padre amoroso pero un pésimo esposo, y no diré más nada por respeto a él que no
puede defenderse y por respeto a los que hemos quedado vivos también.
También me enojé con él, pero eso fue después, cuando
comencé a atravesar situaciones muy difíciles en mi vida y el no estaba a mi
lado, de las cuales estoy segura que hubiese intervenido de otra forma. Soy de
las que piensa que con la fuerza no se consigue nada, pero me contradigo al
afirmar que hay momentos en que una buena piña arregla cosas que las palabras
no pueden, y por favor no me malinterpreten porque cuando hablo de piñas, hablo
de una fuera entre iguales, Un mano a mano entre hombres, jamás entre mujer-hombre
o entre hombre-mujer-niño.
El tema de los abandonos
sean consientes o no dejan marcas inviolables e imborrables en los que
las padecemos. No soy analista, y el mío podría llegar a enojarse si afirmo que
hay abandonos repetitivos en nuestras vidas, y que uno repite abandonos que sólo
cambian de cara y de nombre.
Los abandonos más difíciles son aquellos que no te los esperás,
los que llegan como un baldazo de agua fría en el mes de julio, o como una
factura de gas después de haber pasado el invierno.
Viví abandonos de parejas que dolieron más que la de mi
padre, y lo peor era mirarme como si estuviera en una película muy mala pero
muy mala, en la cual no se puede avanzar sino que por algún defecto, se repite
una y otra vez la misma escena, uno desgarrándose de dolor en el baño, llorando
y autocompadeciéndose por lo que dijo, por lo que no dijo, por lo que hubiera
sido si hubiese hecho otra cosa distinta a la que finalmente resultó, en esta
suerte de autolesión y falta de amor propio que una tiene y que aunque el otro
haya sido una mala persona, siempre la culpable soy yo, porque así lo sentí
siempre.
¿Y qué se yo que es el amor propio? Si ni sé si alguna vez
lo tuve ¿Acaso existe algún termómetro que mida el amor que siente uno por uno?
Me parece una estúpidez, (mi psicólogo se enojaría de nuevo ante esta frase)
pero que alguien me diga entonces, en base a qué se construye una autoestima.
-En la niñez-, leí por ahí cuando indagué en ciertos “artículos
de pseudociencia-periodísticos” sobre el amor propio tratando de encontrar
alguna respuesta a esa pregunta que me hago todo el tiempo.
En otro momento, hablaré de mi niñez y de las cosas que me
hicieron muy feliz y las cosas que me hicieron más miserable, pero ahora no
tengo ganas, no quiero abrir una caja de Pandora, no creo estar dispuesta a
escarbar en una memoria que está protegida por una traba mental “autoimpuesta”,
es decir que mi mente las bloqueó a propósito para no recordarlas por ahora.
Pienso en el hoy, en lo que me duele en este momento en el
que me puse a escribir, atorada por sensaciones de angustia por el abandono de
hoy, que quizás tenga que ver con el que sentí hace veinticinco años cuando
murió mi viejo, que es el padre del bebé que estoy esperando.
Y no, no estoy enamorada de él, mis sentimientos por él
lejos estuvieron alguna vez del que uno puede considerar amor verdadero, no sé
si porque faltó más tiempo para conocernos, o porque en el que lo conocí
alcanzó para saber que no teníamos absolutamente nada que ver y que ni siquiera
las mínimas coincidencias alcanzaban para que sea un gran amor, porque yo, que
comparo todo, como el dolor, también comparo mis tipos de amor, y tengo una
escala o un ranking de hombres a los que amé mucho a los que no amé nada y a
otros que han pasado sin pena ni gloria y que ya ni los recuerdo.
Y acá culpo a Dios otra vez, o al destino que fue bien puto, o al karma que
hizo que quedara embarazada, cuando los que dicen que saben -que son los
médicos- me dijeron que no podía embarazarme. Pero ahí estaba, gestándose, en
el peor momento no sólo de la historia, sino de mi historia y con el peor hombre
que podría haber elegido, bah, hubo peores, debería ser sincera.
¿Por qué las mujeres justificamos las decisiones de los
hombres? No quiso hacerse cargo, no
quiere hacerse cargo, pero preferimos pensar que el hombre necesita su tiempo
para digerir la noticia, para aceptar que va a ser padre, para comunicárselo a
su familia, como si nosotras tuviésemos absolutamente todo resuelto y encima
ser las mujeres más compasivas del mundo para entender al pobre tipo que no
siente absolutamente ningún tipo de empatía por un hijo.
Sin embargo ahí vamos, como opas, pensando en que hay que
tratar de hacer lo mejor posible por el bien del bebé, entonces seguimos
justificando, no poniéndonos firmes y mandarlos adónde realmente se tienen que
ir, por si algún día vuelven. Porque esta película ya la viví, pero como espectadora,
con mujeres que son parte de mi vida, cuyas parejas han decidido no querer ser
el padre presente y menos económicamente o afectivamente hasta que el hijo o
hija tiene un par de años y un día
golpean la puerta de la casa de la madre con la mejor cara de circunstancia,
para no decir pelotudo, y ahí están, diciendo que quieren conocer a su hijo; y
la madre, que lloró durante nueve meses el abandono, que casi muere de dolor
por estar sola durante el parto, los primeros meses, los primeros años de tomar
decisiones en completa soledad y de comenzar a formar a la persona que más ama
uno, aparece esa figura que nunca estuvo pero que ahora quiere formar parte,
que es el padre claro.
Esta historia ya la viví como espectadora, y no quiero ser
parte de ella ahora, pero lo soy, y duele; en esa escala de dolores que tengo,
es casi un diez.
lunes, 6 de marzo de 2017
Piñas al viento
Esta mañana soñé despierta, era un ring de boxeo, con cuadrilátero y todas las cosas que se ven en una pelea de boxeo que no sé nombrarlas porque es un deporte que me aburre demasiado, pero recuerdo que yo estaba en una punta, con un top, calzas, zapatillas y guantes de boxeo, lista para pelear, aunque no tuviera idea de cómo se hacía. Del otro lado, mi contrincante, también listo para pelear, a él lo conocía muy bien, era la persona que me atormentaba desde hace días y estaba ahí listo para pelear conmigo.
¿Por qué íbamos a terminar a las trompadas? ¿ No había un camino menos agresivo o diplomático? No, no lo había, las palabras que nos habíamos dicho eran mucho mas dolorosas que en golpe en la boca o en el medio del estómago. A menos que claro, estuviera embarazada, y esos golpes significaban el sufrimiento de mi bebé.
¿Cómo llegamos a agarrarnos a las trompadas, después de haber sido tan afectuosos el uno con el otro? Qué es ese punto de hastío dónde él quiere pegarme y yo quiero pegarle, si en primer lugar soy mujer y tengo una fuerza mínima, al lado de cualquier hombre adulto y en segundo lugar, estoy en contra de cualquier tipo de violencia. ¿Estaba siendo hipócrita conmigo?
Lo miré, no quería pegarle, tenía esos ojos oscuros pícaros, que dicen cosas aunque no pronunciara palabra, ese hoyuelo en la barbilla que miraba durante horas, en especial cuando dormía; pero estaba serio, si me hubiese sonreído hubiese caído antes de la primera piña, porque era mi punto débil.
Sonó algo que supuse era una campana y me puse en guardia, a un costado había otra persona que me hablaba y me decía, "te dije que iba a pasar esto, te lo advertí", lo miré por unos segundos y me desconcentré. ¡Pero cómo iba a saber yo que alguien podía cambiar en unos días! Por qué tenía que estar siempre a la defensiva, desconfiando de los demás. Sí, ya me habían desilusionado más veces que los años que tengo, pero sin embargo seguía confiando y esta vez no iba a ser la excepción. Más aún cuando se había desarmado en halagos, elogios y palabras lindas ¿Cómo no iba a creerle?
Y ahí recibí mi primera trompada, la física, porque la desilusión es una piña muy fuerte que la sentís en el pecho y ya la había recibido unos días antes.
Dolió, en la cara y en el alma, y me tumbó al suelo. No estaba preparada para pelear, estaba desarmada de antes, sin embargo me seguía pegando en el suelo, ya no trompadas, sino patadas.
Temí por mi bebé, nadie nos vino a separar, me sentía muy dolorida y no tenía fuerzas para pararme.
Hasta que mamá, siempre mamá, me despierta, me dice que tenía que volver al trabajo, después de haber pasado a verme. Se fue y lloré, lloré porque me dolía el vientre, como si las patadas hubiesen sido reales, o quizás si lo habían sido y el sueño fue una prolongación de lo que había vivido, un recuerdo maldito donde las peores miserias fueron expuestas.¿Dónde terminaba el sueño y seguía la vida real? ¿Estaba despierta o la vida era la continuación de esa pesadilla?.
Me abracé, y quedé varios minutos en posición fetal. Creo que pude dormir, pero con la resistencia de volver a encontrar en los sueños, lo que me desvelaba despierta.
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