domingo, 23 de abril de 2017

Sobre abandonos

Tenía 9 años cuando mi papá murió. Aún tengo algunas imágenes en mi memoria y algunos dolores que uno recuerda haber sentido. Soy de comparar dolores, para conocer cuánto duelen, cuan importantes son para mí. El de mi papá fue uno de los más dolorosos que viví en mi vida, aunque no el más grande, y creo que esto se debió a que era chica, y cuando uno es chico no procesa las cosas de la misma forma.
Me enojé con Dios, por habérselo llevado, porque siempre fue lo más simple para mí, culpar a Dios, un ente que aún tengo mis dudas de que exista y que defina quien tiene que vivir y quién no. Prefiero ser atea o agnóstica a pensar que hay un ser “supremo” lo bastante hijo de puta para llevarse a las personas que uno quiere. Y no me vengan con que se van a un lugar mejor, o que Dios se lleva a las mejores personas para que estén mejor, porque es algo tan poco chequeable. ¿Quién estuvo en el “cielo” para decir que Dios nos elije por ser los mejores, o que vamos a una mejor vida? Además mi viejo no era la mejor persona en este mundo, ni siquiera en mi familia, era un padre amoroso pero un pésimo esposo, y no diré más nada por respeto a él que no puede defenderse y por respeto a los que hemos quedado vivos también.
También me enojé con él, pero eso fue después, cuando comencé a atravesar situaciones muy difíciles en mi vida y el no estaba a mi lado, de las cuales estoy segura que hubiese intervenido de otra forma. Soy de las que piensa que con la fuerza no se consigue nada, pero me contradigo al afirmar que hay momentos en que una buena piña arregla cosas que las palabras no pueden, y por favor no me malinterpreten porque cuando hablo de piñas, hablo de una fuera entre iguales, Un mano a mano entre hombres, jamás entre mujer-hombre o entre hombre-mujer-niño.
El tema de los abandonos  sean consientes o no dejan marcas inviolables e imborrables en los que las padecemos. No soy analista, y el mío podría llegar a enojarse si afirmo que hay abandonos repetitivos en nuestras vidas, y que uno repite abandonos que sólo cambian de cara y de nombre.
Los abandonos más difíciles son aquellos que no te los esperás, los que llegan como un baldazo de agua fría en el mes de julio, o como una factura de gas después de haber pasado el invierno.
Viví abandonos de parejas que dolieron más que la de mi padre, y lo peor era mirarme como si estuviera en una película muy mala pero muy mala, en la cual no se puede avanzar sino que por algún defecto, se repite una y otra vez la misma escena, uno desgarrándose de dolor en el baño, llorando y autocompadeciéndose por lo que dijo, por lo que no dijo, por lo que hubiera sido si hubiese hecho otra cosa distinta a la que finalmente resultó, en esta suerte de autolesión y falta de amor propio que una tiene y que aunque el otro haya sido una mala persona, siempre la culpable soy yo, porque así lo sentí siempre.
¿Y qué se yo que es el amor propio? Si ni sé si alguna vez lo tuve ¿Acaso existe algún termómetro que mida el amor que siente uno por uno? Me parece una estúpidez, (mi psicólogo se enojaría de nuevo ante esta frase) pero que alguien me diga entonces, en base a qué se construye una autoestima.
-En la niñez-, leí por ahí cuando indagué en ciertos “artículos de pseudociencia-periodísticos” sobre el amor propio tratando de encontrar alguna respuesta a esa pregunta que me hago todo el tiempo.
En otro momento, hablaré de mi niñez y de las cosas que me hicieron muy feliz y las cosas que me hicieron más miserable, pero ahora no tengo ganas, no quiero abrir una caja de Pandora, no creo estar dispuesta a escarbar en una memoria que está protegida por una traba mental “autoimpuesta”, es decir que mi mente las bloqueó a propósito para no recordarlas por ahora.
Pienso en el hoy, en lo que me duele en este momento en el que me puse a escribir, atorada por sensaciones de angustia por el abandono de hoy, que quizás tenga que ver con el que sentí hace veinticinco años cuando murió mi viejo, que es el padre del bebé que estoy esperando.
Y no, no estoy enamorada de él, mis sentimientos por él lejos estuvieron alguna vez del que uno puede considerar amor verdadero, no sé si porque faltó más tiempo para conocernos, o porque en el que lo conocí alcanzó para saber que no teníamos absolutamente nada que ver y que ni siquiera las mínimas coincidencias alcanzaban para que sea un gran amor, porque yo, que comparo todo, como el dolor, también comparo mis tipos de amor, y tengo una escala o un ranking de hombres a los que amé mucho a los que no amé nada y a otros que han pasado sin pena ni gloria y que ya ni los recuerdo.
Y acá culpo a Dios otra vez, o al  destino que fue bien puto, o al karma que hizo que quedara embarazada, cuando los que dicen que saben -que son los médicos- me dijeron que no podía embarazarme. Pero ahí estaba, gestándose, en el peor momento no sólo de la historia, sino de mi historia y con el peor hombre que podría haber elegido, bah, hubo peores, debería ser sincera.
¿Por qué las mujeres justificamos las decisiones de los hombres?  No quiso hacerse cargo, no quiere hacerse cargo, pero preferimos pensar que el hombre necesita su tiempo para digerir la noticia, para aceptar que va a ser padre, para comunicárselo a su familia, como si nosotras tuviésemos absolutamente todo resuelto y encima ser las mujeres más compasivas del mundo para entender al pobre tipo que no siente absolutamente ningún tipo de empatía por un hijo.
Sin embargo ahí vamos, como opas, pensando en que hay que tratar de hacer lo mejor posible por el bien del bebé, entonces seguimos justificando, no poniéndonos firmes y mandarlos adónde realmente se tienen que ir, por si algún día vuelven. Porque esta película ya la viví, pero como espectadora, con mujeres que son parte de mi vida, cuyas parejas han decidido no querer ser el padre presente y menos económicamente o afectivamente hasta que el hijo o hija tiene un par de años  y un día golpean la puerta de la casa de la madre con la mejor cara de circunstancia, para no decir pelotudo, y ahí están, diciendo que quieren conocer a su hijo; y la madre, que lloró durante nueve meses el abandono, que casi muere de dolor por estar sola durante el parto, los primeros meses, los primeros años de tomar decisiones en completa soledad y de comenzar a formar a la persona que más ama uno, aparece esa figura que nunca estuvo pero que ahora quiere formar parte, que es el padre claro.

Esta historia ya la viví como espectadora, y no quiero ser parte de ella ahora, pero lo soy, y duele; en esa escala de dolores que tengo, es casi un diez.