Cuando tenía 14 años, no eran los 14 años de ahora, donde la información que consumimos a través de las redes sociales y de los medios de comunicación hoy nos hace cuestionar si algo esta bien o esta mal, y esto que tuvo afortunadamente el feminismo, fue poder decir basta a tantos años de abuso y silencio.
Recién daba mi primer beso, esos con lengua, que te dejaban toda la boca babeada y creías en el amor, ni podías pensar en que te tocaran una teta, o el cuerpo, porque eso lo hacían " las trolas", aquellas que para mí o para mis amigas, eran las "rápidas", que avanzaban sexualmente a esa edad. No tenía en claro que era tener sexo, en mi familia no se hablaba de eso, vivía en una casa en donde cuando poníamos una película donde los encuentros se ponían intensos sexualmente hablando, mi vieja decía un BUEENO, y todas nos poníamos incómodas y mirábamos para otro lado y cambiábamos de canal. En casa no se hablaba de caricias ni de sexo, y en la escuela, una católica, muchísimo menos, por lo que lamentablemente mi primera experiencia sexual la tuve de una forma espantosa, con alguien que se aprovechó de mi falta de conocimientos y del lazo familiar que nos unía.
Le decían el Pai Miguel. El tipo llegó a la familia, siendo pareja de mi tía materna, el decía que curaba a las personas a través del reiki, de la imposición de manos, sanando dolores y malestares. Y todos le creímos. Era una persona encantadora, que te escuchaba, te aconsejaba sobre la vida y todos nos alegramos de que Miguel fuera parte de la familia. Poco a poco, el fue ocupando ese lugar vacío que dejó la muerte de mi viejo, y empecé a mirarlo como un padre... nada más alejado de la realidad.
Mi mente tiene una manera de protegerme de recuerdos dolorosos, los bloquea, los borra. y no podré dar precisiones exactas de cuantas veces ni de como empezaron los abusos, que duraron más de un año.
Imposible de contar las veces que este hombre, en el nombre de un tal Saint Germain, con libritos de Conny Méndez de "usted puede sanar su vida" y llamas azules, violetas y doradas me hizo ( nos hizo) creer que nos podía sanar. Un dolor de cabeza, un dolor de espalda, un dolor de ovarios, todo lo llevaba a poner sus manos en mi vagina o en mis pechos. No puedo precisar la cantidad de veces que me encerró en su habitación, mientras mi tía estaba en la cocina y me tocaba, y yo sentía una incomodidad horrible y pedir que se terminara esa tortura que de sanación no tenía nada.
Peor se ponían las cosas cuando estábamos solos, el proceso de reiki, duraba más tiempo, y a mí se me hacía interminable, quería que terminara de una vez de tocarme, pero que podría cuestionar yo, a una persona que decía ser como mi viejo, que decía sanar, ¿Cómo podría dudar yo de un hombre mayor, amigo, familiar? Y por eso calle, una y cien veces. La vergüenza de exponerlo y que mis familiares dudaran de mi palabra, me hacía callar y agachar la cabeza ¿Y si yo estaba confundida? Y si yo estaba loca? ¿Y si realmente era una sanación? Hasta bailé el vals de mis 15 con él y le regalé en la ceremonia de velas una a él, agrandeciéndole por ser el padre que había perdido.
No fue hasta que le pasó a otra persona, que no daré su identidad, que entendí que lo que hacía estaba mal, que eso no se hacía, que tocar a otra persona estaba mal.
Pasé a tener certezas de mis dudas y lo encaré una noche en la que me confesó que sí, que a la otra persona también la había tocado pero " que ella lo había provocado" ( que otra respuesta podría dar) y que a mí también me lo había hecho pero que conmigo era distinto, porque había amor.
¿Amor? Me dieron náuseas, ¿qué amor podría tener yo por un tipo de por entonces 40 años? ¿Qué mente morbosa podía tener un hombre al pensar que una nena de 14 años tendría sentimientos románticos por un tipo de esa edad? A mi me gustaba mi novio, el de la misma edad que yo, el que me babeaba cuando me daba un beso.
Todo lo que pasó después fue un infierno. Mi cabeza quería apagarse, necesitaba poder terminar con tanto dolor, con esa vergüenza, me sentía asqueada, quería decir lo que me pasaba pero moría de miedo de pensar que no me iban a creer.
No sé como llegué a esas pastillas, creo que mi mamá las tenía en una cajita con medicamentos. Ni sé que eran, pero las tomé, una y otra y otra. No quería morirme, quería olvidar lo que había pasado, no quería pensar más. Tenía 15 años y mi vida ya era una mierda. Tan mierda como cuando se murió mi viejo. Tan mierda como cuando tenía siete años y se murió mi mejor amigo Damián y su papá. La vida de chica me enseñaba que era una mierda, que no era un cuento de princesas, que era un asco, que era difícil.
No sé cuantas pastillas tomé, sólo sé que desperté en un hospital, y mi mamá estaba al lado, y había una señora en otra cama que decía "pobre tan chiquita lo que le pasó". Al parecer, en un estado inconsciente le conté a mi vieja todo lo que había pasado, y eso había hecho estallar otra bomba. Mi confesión hizo que otra persona más, también contara que había sido a
No fue hasta hace muy poco, unos 20 años después, que hablando con otra persona, también me contó que el Pai Miguel también la había tocado, pero que en su caso, no se había percatado y no lo había tomado como abuso, porque creyó que el la estaba sanando, y que afortunadamente, ante la incomodidad que sintió, no volvió nunca más. Ella pudo darse cuenta gracias a todas las denuncias de abuso y acoso que se hicieron mediáticas durante las últimas semanas, desde que Thelma pudo hablar. Y por eso le creo a ella.
¿Qué pasó con este abusador? Absolutamente nada. Me lo cruzo casi todos los días, cuando va a buscar a su mujer ( que nunca quiso creernos y aún permanece a su lado) a la casa de mi abuela, otra mujer que hizo de "hacerse la boluda y la desentendida" su juego para no optar por un "bando".
El tipo me mira, como desafiante, o eso creo yo, me mira como buscando encontrarse con mi mirada, pero yo no lo miro, y me da bronca no poder gritarle como nos cagó la vida. Porque les juro, que el abuso deja marcas para toda la vida, al punto de no soportar que un hombre te toque durante años.
Si lo que pasó hace veinte años, hubiese pasado hoy, no habría dudas de que este Pai estaría preso, o al menos denunciado. En ese momento, nadie hablaba de justicia, ni de denuncias, ni de hablar. Todo se escondía debajo de la alfombra. Y mi vieja hizo lo que pudo con lo que pudo. Ni siquiera estoy segura de que si mi viejo estuviese vivo lo habría golpeado.
Contarlo hoy, es un poco soltar esa mochila que llevo hace veinte años, es poder sanar un poquito, es poder cerrar esa herida y si puedo ayudar a alguien a que pueda contarlo también.
Por eso creo que siempre hay que creerle a quienes denuncian, así hayan pasado cinco, veinte, treinta años del hecho, hay que ponerse en el lugar de quien sufre y no cuestionar, y tratar de entender por qué calló tantos años...

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